El relato fundacional comienza cuando el monje Lezun llega a los acantilados cerca de Dunhuang. Según la historia, ve mil Budas resplandeciendo en una luz dorada y decide abrir allí una cueva. La imagen de un viajero detenido ante la pared da a Mogao un comienzo memorable: la atención, el trabajo y la devoción convierten el paisaje en un lugar sagrado. Las generaciones posteriores ampliaron ese primer gesto hasta formar una comunidad de salas e imágenes.
Del diario
Lezun y la primera cueva: cómo Mogao recuerda su origen
La tradición cuenta que Lezun vio mil Budas bajo una luz dorada y comenzó a excavar cuevas en el acantilado cercano a Dunhuang.
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Un relato escrito después
La fecha que suele asociarse con este comienzo es el año 366. Una estela erigida en 698 registra el relato y conserva la memoria que la comunidad de Mogao tenía de sus orígenes. Cuando se grabó la inscripción, varias generaciones ya habían trabajado en el acantilado; el texto dio al santuario en expansión un punto de partida común. Nombra a Lezun y al monje Faliang, que llegó después y construyó una segunda cueva junto a la primera, además de recordar a donantes posteriores.
Un comienzo recordado por generaciones posteriores
Durante los siglos siguientes, patronos, monjes y artesanos añadieron salas e imágenes al acantilado. Cada encargo incorporó otra comunidad al santuario: una familia que recordaba a sus parientes, un gobernante que expresaba su devoción o fieles que financiaban una sala pintada. La UNESCO sitúa la larga trayectoria artística de Mogao entre los siglos IV y XIV. Las cuevas actuales crecieron gracias a ese trabajo sostenido, mucho más allá de la primera cámara del relato fundacional.

