Noventa años de talla
El monje Haitong empezó la obra en 713, en la confluencia de tres ríos donde los barcos se perdían a menudo. La primera fase se detuvo con su muerte. Un gobernador provincial la retomó en la década de 740, y otro la terminó en 803. El resultado es un Maitreya sentado de 71 metros de altura, con 1.051 rizos, una cabeza de diez metros de ancho y unos hombros de veintiocho. Está excavado en la roca, no construido contra ella: la piedra es a la vez material y soporte.
La escultura también es un desagüe
La roca es arenisca roja blanda, y el agua es su enemigo. Los constructores abrieron tres canales en las filas cuarta, novena y decimoctava de rizos, y continuaron otros por los pliegues del manto. Unos respiraderos detrás de las orejas y los hombros dejan entrar aire en la piedra y reducen la filtración. Un pabellón de madera cubrió la figura durante unos cuatrocientos años, hasta que se perdió entre los Song y los Yuan. Desde entonces el buda está a la intemperie, y los desagües se han mantenido en lugar de reemplazarse.
Míralo desde el agua
Desde el camino del acantilado, el buda es una pared de detalles. Desde una barca se vuelve proporción: la cabeza contra la roca, las manos sobre las rodillas, el río pasando. El Min, el Dadu y el Qingyi se encuentran aquí, y la corriente es la razón de que la talla exista. El Emei se alza detrás de la ciudad, otro tipo de paisaje sagrado. Los dos forman un solo bien del patrimonio mundial, pero piden días distintos y una atención distinta.