El patio de un templo budista, la entrada de piedra de una mezquita y un bloque tallado en un museo ofrecen tres encuentros muy diferentes. El primero puede seguir siendo un lugar de culto. El segundo conserva el contorno de un edificio transformado. El tercero ha sido trasladado desde la estructura para la que se creó. Quanzhou reúne estas formas de memoria religiosa lo bastante cerca como para compararlas sin hacerlas idénticas.
Para quien no conoce la historia religiosa de China, un primer paso útil es simplemente distinguir los nombres. El budismo, el islam, las tradiciones hindúes y el maniqueísmo tienen historias, textos y prácticas diferentes. Sus huellas aquí pertenecen a una ciudad comercial conectada con comunidades de fuera de China, y a una sociedad local que también dio forma a cuanto llegaba. Los objetos permiten concretar aquel vasto intercambio.

