El nombre de la montaña conserva una forma poética de mirar. Según la Academia de Estudios Chinos, antes de la dinastía Tang se llamaba Jiuzishan, o Montaña de los Nueve Hijos, por sus nueve cumbres singulares. Invitado a visitarla, Li Bai comparó las crestas con flores: «La montaña sagrada tomó la forma de nueve flores». La imagen no sustituyó a la roca; dio a los lectores una manera de recordar su perfil. Otro poema mira hacia Jiuhua desde la región del Yangtsé y describe el agua verde suspendida bajo las cumbres como un río del cielo.
Del diario
El monte Jiuhua y la tradición de Kṣitigarbha
La imagen de los lotos de Li Bai y una tradición budista cuentan historias distintas sobre la montaña.
En la misma ciudad · Chizhou ↗Nueve cumbres, luego nueve flores
Un nombre se vuelve público
En el relato de la Academia, los versos de Li Bai llevaron a literatos posteriores a viajar entre las cumbres de Jiuhua y escribir sus propios poemas. La identidad literaria de la montaña creció mediante ese acto repetido de nombrar y regresar. Una frase podía transportar la imagen de un paisaje distante a lectores que nunca habían subido por sus laderas.
Kim Gyogak y una tradición religiosa
La segunda historia pertenece a la tradición budista. La Academia identifica a Kim Gyogak como monje del reino de Silla que cruzó el mar y estudió en Jiuhua; señala cuidadosamente que su identificación con el bodhisattva Kṣitigarbha es una leyenda. La distinción importa. Un visitante puede encontrarse con un paisaje religioso vivo sin convertir una creencia devocional en un hecho biográfico demostrado. La tradición explica la asociación de Jiuhua con Kṣitigarbha, pero no resuelve la identidad histórica del monje.
Leer la montaña desde dos registros
La imagen del loto y la tradición de Kṣitigarbha no compiten. Una responde literariamente a la disposición visible de las cumbres; la otra es una historia religiosa que vincula a un monje con una geografía sagrada. La Academia coloca ambas junto a las cumbres de granito, los monasterios antiguos y los valles cubiertos de nubes. Así se entiende por qué Jiuhua se vive como terreno y como lugar de memoria: la roca da forma a los poemas, y la lectura y el culto reiterados hacen reconocibles esas formas.